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Déficits neuropsicológicos en anorexia nerviosa y bulimia nerviosa

  • Foto del escritor: Lucía Vaquero Díaz
    Lucía Vaquero Díaz
  • hace 6 horas
  • 5 min de lectura

Los trastornos alimentarios son entidades nosológicas diferenciadas que impactan de manera significativa en la relación que tiene el ser humano con la comida y con los hábitos alimentarios, ya que producen una alteración constante en la forma de ingerir y/o percibir la alimentación. La frecuencia de esta enfermedad crónica en adolescentes se encuentra únicamente por detrás de la obesidad y el asma. Las cifras de prevalencia muestran diferencias significativas según la edad, el género y el colectivo, siendo mucho más frecuentes en mujeres jóvenes, más específicamente modelos, bailarinas o atletas, con tasas que oscilan entre el 0,1-2 % para la anorexia nerviosa (AN) y el 0,37-2,98 % para la bulimia nerviosa (BN).


La falta de comida y sustento implica un fuerte impacto en la salud física, generando retraso en el crecimiento, fragilidad ósea, ausencia de menstruación (amenorrea), insuficiencia renal, alteraciones en el ritmo cardíaco y problemas tiroideos.


A menudo, los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) están relacionadas con experiencias duras, características de la personalidad y/o patrones de comportamiento. Es común que quienes las padecen compartan antecedentes, tales como una preocupación excesiva por el peso, una obsesión con alcanzar un cuerpo muy delgado, tensiones familiares/sociales o la exposición a dietas estrictas desde edades tempranas. También puede haber un historial de experiencias traumáticas, como abuso sexual durante la infancia, aunque no todos los autores están de acuerdo en este último punto.


La anorexia nerviosa (AN) es un trastorno de curso crónico caracterizado principalmente por una ingesta negativa o reducida de alimento, acompañada de una distorsión de la imagen corporal, lo que resulta en un intenso miedo a ganar peso. Debido a ese miedo, la persona puede realizar ejercicio durante varias horas o recurrir a purgas para controlar la pérdida de peso. La anorexia nerviosa es grave, potencialmente mortal, y típicamente aparece durante la niñez tardía y la adolescencia.


Por otro lado, la bulimia nerviosa (BN) se caracteriza por episodios de atracones y conductas purgativas (por ejemplo, vómitos o laxantes) con el propósito de controlar el peso. Este trastorno, en conjunción con el de atracón, está intensamente relacionado con sentimientos de vergüenza y culpa. A diferencia de la AN, los pacientes con BN suelen tener normopeso y si tratan de hacer restricciones alimentarias, estas sólo duran unos días. Estudios en gemelos afirman que la heredabilidad de la BN se encuentra entre el 28 % y el 83 %.


La AN y BN muestran déficits en las funciones ejecutivas (habilidades controladas por la corteza prefrontal), lo cual dificulta la realización de actividades complejas y afecta significativamente a la vida diaria de los pacientes.


La inflexibilidad cognitiva es una de las alteraciones más destacadas en la AN. Se manifiesta como una rigidez mental elevada, sobre todo durante la fase aguda del trastorno. También presentan dificultades para abstraer ideas y una obsesión por los detalles, lo cual y combinado con lo anterior, afecta a su capacidad para comprender tareas en su conjunto y planificar adecuadamente. Estas dificultades suelen ser crónicas, permaneciendo incluso después del tratamiento.


En cuanto a la inhibición, las personas con BN suelen tener una menor capacidad para discriminar y tomar decisiones de forma reflexiva, lo que se traduce en comportamientos impulsivos y de riesgos. De hecho, presentan dificultad para lograr recompensas a largo plazo, una característica que se vuelve aún más evidente cuando los objetivos están relacionados con la comida. Según estudios realizados entre los años 2018 y 2022, durante la “fase aguda de estos trastornos, la neuroimagen ha revelado cambios en el volumen de materia gris en áreas corticales y subcorticales del cerebro”, que están estrechamente relacionadas con las funciones ejecutivas.


Con respecto a la atención, las personas con AN prestan más atención a estímulos relacionados con comida o conceptos como "gordo" y "flaco". Es decir, pacientes con AN presentan dificultades más significativas en áreas como la atención selectiva y la capacidad de mantenerse alerta. Además, en AN se observan déficits (aunque en menor medida) en la memoria de trabajo, verbal y visoespacial, y sesgos selectivos de memoria, no siempre evidentes en BN. Sin embargo, se ha encontrado resultados inconsistentes entre los estudios, por lo que hay que interpretar esta última información con cautela.


Otra característica de estos trastornos es la cognición social, la cual permite entender emociones e intenciones ajenas. En la AN, las alteraciones en teoría de la mente y reconocimiento de emociones son significativamente elevadas, mientras que, en la BN, únicamente se ve afectada la capacidad de reconocimiento de emociones (esta perdura tras el tratamiento). Estas dificultades están ligadas a déficits en áreas cerebrales, tales como la corteza prefrontal y la ínsula. Respecto a las respuestas emocionales, están se ven alteradas debido a los receptores de serotonina.


Por último, es importante destacar que comorbilidades psiquiátricas, como la depresión y el trastorno obsesivo-compulsivo, complican aún más el perfil neuropsicológico. En un estudio de 2.436 mujeres hospitalizadas, casi todas estaban diagnosticadas de depresión, más de la mitad tenían trastornos de ansiedad, el 22% presentaban trastornos por abuso de sustancias y las tasas de trastorno obsesivo-compulsivo variaban entre el 15% y el 29%.


En resumen, los TCA, entre ellos la AN y la BN, afectan gravemente a la vida de las personas, no sólo en su relación con la comida, sino a todos los niveles (mental, social, emocional, biológico, laboral…). En la anorexia nerviosa las personas suelen enfrentarse a una gran rigidez mental y dificultad para adaptarse a los cambios, mientras que, en la bulimia nerviosa, los problemas se centran más en la inhibición de impulsos y el control de las emociones. Ambos trastornos están asociados con alteraciones en áreas cerebrales clave y desequilibrios endocrinos que refuerzan los patrones de comportamiento disfuncionales. Todo esto, junto con la comorbilidad que tienen con otros trastornos, dificulta el tratamiento. Por tanto, al ser una enfermedad tan compleja, es fundamental la atención integral y una mayor investigación.

 

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Amaya Ocaña

Psicóloga

 
 
 

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